sábado, 18 de diciembre de 2010

ADVIENTO. La estrella del misterio

El cuarto domingo de Adviento, a un paso de Navidad, nos hace cruzar la puerta del misterio que envuelve la vida de José, el esposo de María. José, descendiente de David, está llamado a asumir la paternidad de un bambino del cual no es padre. Pero ¿cómo es posible? ¿Qué significa este nacimiento misterioso para un justo de Israel? El resultado de la justicia de José ¿será la lapidación de la esposa infiel? (cf. Dt 22,22-26). José es justo, pero con una connotación mucho más amplia que la del “fiel ejecutor de la Ley”. Es justo porque, contemplando la presencia activa de Dios en los eventos de la historia, tiene la valentía de ponerse aparte, hasta que María sea libre de decir sí a Dios. Él obedece a todo lo que es fruto del Espíritu en María, dejando que Dios continúe siendo el Padre capaz de llamar “a la existencia las cosas que no son” (Rom 4,17), tal como ocurrió al inicio del mundo: “En el principio Dios creó … ” (Gen 1,1).

Dios crea pasando a través del seno de una mujer y del corazón de un hombre que tiene la tarea de dar el nombre. “Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús” (Mt 1,21). José debe dar al niño aquel nombre que Dios ha elegido para él.
“Dar el nombre elegido por Dios” hace de José un padre. Es padre quien ama tanto a Dios de hacerse voz e instrumento de Dios para las personas confiadas a él. José, hijo de David, ha nacido para decir al mundo que Dios se llama Jesús y que Jesús quiere decir ”amor que salva”. Este nombre es lo que nos queda de José. “Jesús es la única palabra implícita dicha por él en los Evangelios, el resto es silencio absoluto. La verdad de José se encierra en un “nombre que está por encima de todo nombre (Flp 2,9), anunciado por los profetas (cf. Is 7,14), dado por los apóstoles: «No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, ¡camina!» (Hch 3,6). En Jesús, Dios se trasforma en Emmanuel: “el Dios con nosotros” que se hace presente y nos salva en cada lugar del espacio y en cada hora del tiempo.

Oración

Padre Santo, Dios con nosotros,
que has pedido al humilde José
de la familia de David
de abrir al mundo
la puerta de Tu Misterio,
concede a cada hombre que nace
la Luz del Niño llamado Jesús. Amén.

sábado, 11 de diciembre de 2010

ADVIENTO. La estrella de la duda

Hemos encontrado a Juan en el desierto y en las orillas del río Jordán con su predicación de fuego (cf. Mt 3,11), pero la liturgia del tercer domingo de Adviento nos invita a poner la mirada sobre “otro” Juan. Después de la extensión del desierto y de la fluidez del río, Juan el Bautista se encuentra en la cárcel, en la oscuridad de una celda. Su voz de trueno y profética se convierte en el murmullo de una pregunta. “¿Eres tú el que debe venir o debemos esperar a otro?” (Mt 11,3). Ahora en cadenas, el Bautista se encuentra oprimido por una gran duda: ¡el temor de haberse equivocado!

De hecho, el Señor Jesús no corresponde a la imagen fogosa anunciada por él. “Las obras de Cristo” (Mt 11,2) cuyo eco le llega en la cárcel, están marcadas por la lógica de un Reino que viene no como “una horquilla" (Mt 3,12) para separar al viento la semilla de la paja en el granero. En lo que dice y hace Jesús se revela como luz de los ciegos, camino de los que llegan cojeando y sanan de lo que sufren, como palabra de los mudos, como esperanza de los que la han perdido y como vida de los que ni siquiera saben ya lo que significa.

Juan continúa siendo profeta hasta el final, teniendo el oído atento a lo que ocurre fuera de las rejas que lo tienen prisionero, para meditar y comprender el modo de actuar de Dios. No teme su duda; todo lo contrario, deja que a Jesús mismo le lleguen las preguntas que lo atormentan. Su soledad no es ya la del silencioso desierto, es la que nace del miedo de perder las seguridades conquistadas a caro precio. La grandeza del precursor se esconde justo en este pasaje oscuro de su existencia. Sabe esperar la respuesta que busca... Demuestra absoluta obediencia al amado Maestro porque no arriesga conclusiones propias, sino que envía humildemente a alguno que está libre de hacerlo, para pedir en su lugar la verdad sobre Jesús: “¿Eres tú?”. La respuesta del Mesías aclara sobre Dios y sobre la identidad de quien pone la pregunta: “¡Es más que un profeta!”. En otras palabras, Jesús anima a Juan a dar testimonio hasta las más extremas consecuencias.

Oración


Ven, Señor Jesús, visita nuestras cárceles,
allí donde nadie viene a buscarnos,
allí donde las preguntas no encuentran respuesta
y la duda de habernos equivocado nos desalienta.
En memoria viva de Juan, tu mensajero y profeta,
danos la gracia de avanzar
en el camino hacia ti con aquella confianza
que va más allá de las seguridades humanas. Amén.

sábado, 4 de diciembre de 2010

ADVIENTO. La esterella de la eleción

El Adviento se caracteriza por “presencias” luminosas que como faros en la noche indican el camino hacia Aquel que viene. En el segundo domingo encontramos la voz de Juan el Bautista, el testigo de la Luz. Una voz decidida, convencida y profunda, portadora de un anuncio profético que habla al corazón con el tono de urgencia: “¡Prepárense a un gran evento! El Cielo se ha acercado a la tierra, el Reino del amor ha abierto sus puertas. Dios mismo ha elegido revelar a los hombres la belleza de su rostro, mandando como Rey a su único Hijo”. Juan, conduciéndonos más allá del imperio de turno, nos invita a acoger la lógica misteriosa de un Rey que se hace siervo de todos, pobre, manso, humilde y misericordioso. “¡Conviértanse, porque está llegando el Reino de los cielos!” (Mt 3,2). Es la invitación más seria del Evangelio. Todos estamos llamados a elegir o con Él o contra Él. El Adviento es el tiempo oportuno para meditar sobre nuestras opciones cotidianas y sobre cuanto éstas sean o no propias del Reino de los cielos. Pero vivir según el Evangelio del Reino, es imposible hacerlo sólo con nuestras fuerzas humanas. Por esto el Precursor nos manda preparar el camino al Señor, nos lleva al desierto, lugar de renacimiento.

El desierto purifica el corazón, haciéndolo capaz de escucha. Una escucha que abre a la experiencia de Dios y a la novedad del Espíritu. Pero, podemos preguntarnos ¿por qué en el desierto? En el desierto el hombre aprende a dialogar con Dios, aprende a pedir la liberación de su autosuficiencia, aprende a orar. En la oración Dios se acerca y con amor nos revela nuestra identidad real.

Juan anuncia la más grande verdad de la historia: no es el hombre quien se ha acercado a Dios, sino que es Dios, que en Jesús se ha hecho eternamente cercano al hombre.

Oración

Señor Jesús,
danos la valentía y la radicalidad
de Juan el Bautista a fin que,
purificados por del silencio del desierto,
podamos llegar a ser capaces
de escuchar la única Palabra
que hace profeta del Reino
por los caminos del mundo. Amén.

sábado, 27 de noviembre de 2010

ADVIENTO. La estrella de la vigilia

El mismo significado de la palabra adviento (del latín adventus = llegada, venida) nos da la perspectiva justa en la que todo cristiano está llamado a vivir.

De hecho, toda la Sagrada Escritura nos habla de las continuas venidas de Dios en la historia de los hombres. Venidas que en Jesús de Nazaret encuentran su pleno cumplimiento. Dios, en Jesús se hace eternamente peregrino por los caminos del mundo para seguir golpeando en la puerta de nuestro corazón. Pero “para nosotros” ¿quién es aquel que “viene”? (en greco el verbo venir está en presente y no en futuro).

La respuesta sincera a estas preguntas nos dará las coordinadas precisas del camino ante Dios y los hermanos. El adviento es un tiempo de búsqueda, de atención y de discernimiento. Si Aquel que viene es esperado solamente como aquel que nos protege, que resuelve nuestros problemas, que nos pone al seguro de las dificultades, de los sufrimientos, de la fatiga del creer, de las exigencias verdaderas del amor y del perdón, entonces el adviento será vacío de su sentido más verdadero.

El evangelista Mateo con el imperativo “Estén atentos” (en greco “sigan estando preparados”) del capítulo 24 nos lleva directamente a la pasión del Señor Jesús. Pero ¿por qué? ¿No estamos yendo hacia la Navidad? Tiempo de nacimiento, de fiesta, de alegría, de regalos? ¡Cierto! ¡En efecto! Estamos llamados a la alegría más profunda porque Aquel que viene es el Señor Jesús, que ha nacido un día en “Belén” (en hebraico casa del pan), ha aprendido a partir el pan de su vida pagando sobre la cruz del rechazo y del odio la suma más alta del amor. Jesús se ha preparado toda la vida para “estar pronto” a abrir definitivamente al mundo la puerta al Dios que viene.

Fuente: www.paoline.org

sábado, 20 de noviembre de 2010

María, primicia de Salvación

LA PRESENCIA DE LA VIRGEN MARÍA

La Virgen María precede cronológicamente a Cristo. Ella culmina el adviento de la humanidad y anuncia la aurora de la salvación. Es la Estrella del mar que guía y conduce a Cristo, que atrae irresistiblemente hacia Él, hacia la Iglesia, hacia los Sacramentos, hacia el bien, hacia la santidad.

EL PLAN DE SALVACIÓN


María y el plan de salvación.

Dios quiere que todos los hombres se salven (Tes.4, 3). Es así como Dios Padre, por amor, quiere y decreta la salvación del hombre por medio de Jesucristo, nacido de la Virgen-Madre por obra del Espíritu Santo. "Al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de mujer... para redimir… para que recibiéramos la filiación divina" (Ga. 4,4).

Cuando rezamos el Rosario, hacemos memoria de la realización del amor de Dios en Jesucristo, de esta manera contemplamos los principales misterios de nuestra salvación: la Infancia, la Vida pública, la Pasión y Muerte, la Resurrección y Ascensión al Cielo.

María, el plan de salvación y la Iglesia.

María, al engendrar a Cristo, engendra espiritualmente a la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. La Iglesia, que instituyó Cristo, comienza a caminar visiblemente el día de Pentecostés, bajo la presencia de María.

María es tipo y modelo de la Iglesia en la peregrinación hacia la consumación de los tiempos, hacia la Iglesia Celeste. La Asunción de María nos invita a recorrer el camino, nos atrae hacia el Cielo.

NUESTRA RESPUESTA

Nosotros estamos llamados a enmarcar nuestra vida en el plan de salvación para vivir en la Iglesia peregrina y poder alcanzar la Iglesia celeste. Nuestra respuesta ha de ser espiritual y doctrinal por medio de María.

Respuesta espiritual.

Siguiendo la recomendación de María que nos dice: "Haced lo que El os diga" (Jo.3, 4): Él, es Cristo.

Cristo nos llama a la conversión del pecado por el sacramento de la Reconciliación; nos invita a vivir y a perseverar en la vida de gracia, sirviéndonos de los medios que nos ofrece, principalmente de los sacramentos, centrados en la Eucaristía.

Respuesta Doctrinal

Formándonos como cristianos, centrados en latradición de la Iglesia y en el Concilio Vaticano II que proclamó a María, Madre de la Iglesia. Dando espacio a la lectura y escucha de la Palabra de Dios. Leyendo y estudiando el Catecismo de la Iglesia Católica… participando en los medios de formación que la Iglesia nos ofrece.



sábado, 13 de noviembre de 2010

María, primicia de la recapitulación de todas las cosa en Cristo (cf. Ef 1, 10)

María Santísima, entonces, por ser Inmaculada Concepción redimida por Cristo, por ser Madre de Jesús y del Pueblo de Dios, por ser Asunta al cielo y Reina del mundo, simboliza toda la gloria de la Iglesia. Simboliza la victoria definitiva de Jesucristo Nuestro Señor sobre el Dragón. Así queda confirmada la profecía del Génesis en el llamado Protoevangelio: «Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo: él te pisará la cabeza, mientras acechas tú su calcañar (Gen 3,15)». Así María muestra el camino de la Iglesia y del mundo en el que finalmente Dios será todo en todos (Cf. 1 Cor 15, 28).

María Santísima no permanece de ninguna manera indiferente a la marcha concreta del mundo. Esta humanidad nuestra, de alguna manera, gime con dolores de parto –como dice el libro del Apocalipsis-, incapacitada de salir del camino por donde se ha adentrado sin la ayuda del Único que puede salvarlo.

Tenemos una Madre que está en el cielo y que sigue colaborando en su papel de Corredentora junto a su Hijo, por la salvación del mundo. Ella lo hace con su corazón de Madre, de Mujer, viviendo de alguna manera misteriosa en sí misma, el dolor que tantos hombres padecen en nuestro tiempo. Ella no es ajena a nada de lo que nos sucede.

Ella está junto a nosotros con un amor como ninguno otro. María Santísima, nuestra Madre, Asunta al Cielo se ocupa de nuestra suerte, de todas nuestras cosas, y sobre todo de nuestra salvación eterna.
La esperanza del pueblo cristiano ha de estar puesta en la regeneración del mundo, en el tiempo de la consolación y de la restauración universal, de la recapitulación de todas las cosas en Cristo (Ef 1, 10).

Esta redención ya se ha operado en María Santísima. Mirándola a Ella asunta en cuerpo y alma tenemos el modelo de nuestra propia salvación y la del mundo entero. Mirándola a Ella podemos desechar toda solución social, cultural y política que quiera construir la sociedad actual sobre principios que ponen al hombre en lugar de Dios y contra Dios, cerradas absolutamente al horizonte grandioso de la Revelación cristiana y de la fe católica. Al mismo tiempo, mirándola a ella podemos tener una esperanza cierta en lo que Dios quiere obrar en cada uno de nosotros y en el mundo entero, si sinceramente nos sometemos a su soberanía, y abrimos «de par en par las puertas a Cristo».

Autor: P. Petrus Paulus Mariae Silva

sábado, 6 de noviembre de 2010

Perdónanos como perdonamos

El perdón es el medio para reparar lo que está roto. Coge nuestro corazón roto y lo repara. Coge nuestro corazón atrapado y lo libera. Coge nuestro corazón manchado por la vergüenza y la culpa y lo devuelve a su estado inmaculado.

El perdón restablece en nuestro corazón la inocencia que conocimos en otro tiempo, una inocencia que nos permite la libertad de amar.

Perdonar no es justificar comportamientos negativos o improcedentes sean propios o ajenos. El maltrato, la violencia, la agresión y la deshonestidad son algunos de los comportamientos que pueden ser totalmente inaceptables.

El motivo más obvio para perdonar es liberarnos de los efectos debilitadores de la rabia y el rencor crónicos. Al parecer estas dos emociones son las que más convierten el perdón en un desafío, a la vez que en una grata posibilidad para quien desee una paz mayor.

De hecho la palabra resentimiento, viene de re-sentir – es decir – volver a sentir intensamente una y otra vez. Cuando estamos resentidos, sentimos con intensidad el dolor del pasado una y otra vez. Esto –sin duda- no sólo tiene un efecto lamentable en nuestro bienestar emocional, sino también repercute negativamente en nuestro bienestar físico.

El perdón es muchas cosas: es una decisión, una actitud, un proceso y una forma de vida. Es algo que ofrecemos a otras personas y algo que aceptamos para nosotros.

"Confiésense uno a otros su pecados y oren por otros para ser sanados" (Stg 5, 16)

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Estudiante de Lic. en Administración de Empresas en la Mención de Informática de la UNESR. Lider del departamento de Atención al Cliente de Tecnología Cima 24, CA. Amante de las carreras, la natación y el Mar.