sábado, 28 de agosto de 2010

EL AMOR CRISTIANO. “Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4, 16)

El amor al prójimo enraizado en el amor a Dios es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial, y esto en todas sus dimensiones: desde la comunidad local a la Iglesia particular, hasta abarcar a la Iglesia universal en su totalidad. También la Iglesia en cuanto comunidad ha de poner en práctica el amor.

El Espíritu es la fuerza que transforma el corazón de la Comunidad eclesial para que sea en el mundo testigo del amor del Padre, que quiere hacer de la humanidad, en su Hijo, una sola familia. Toda la actividad de la Iglesia es una expresión de un amor que busca el bien integral del ser humano: busca su evangelización mediante la Palabra y los Sacramentos, empresa tantas veces heroica en su realización histórica; y busca su promoción en los diversos ámbitos de la actividad humana. Por tanto, el amor es el servicio que presta la Iglesia para atender constantemente los sufrimientos y las necesidades, incluso materiales, de los hombres.

La «comunión» (koinonia): consiste precisamente en que los creyentes tienen todo en común y en que, entre ellos, ya no hay diferencia entre ricos y pobres (cf. también Hch 4, 32-37).

La Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario. Pero, al mismo tiempo, la caritas-agapé supera los confines de la Iglesia; la parábola del buen Samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado «casualmente» (cf. Lc 10, 31), quienquiera que sea. No obstante, quedando a salvo la universalidad del amor, también se da la exigencia específicamente eclesial de que, precisamente en la Iglesia misma como familia, ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad. En este sentido, siguen teniendo valor las palabras de la Carta a los Gálatas: «Mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe» (6, 10).

Los medios de comunicación de masas han “empequeñecido” nuestro planeta, acercando rápidamente a hombres y culturas muy diferentes. Si bien este «estar juntos» suscita a veces incomprensiones y tensiones, el hecho de que ahora se conozcan de manera mucho más inmediata las necesidades de los hombres es también una llamada sobre todo a compartir situaciones y dificultades. Vemos cada día lo mucho que se sufre en el mundo a causa de tantas formas de miseria material o espiritual, no obstante los grandes progresos en el campo de la ciencia y de la técnica. Así pues, el momento actual requiere una nueva disponibilidad para socorrer al prójimo necesitado. El Concilio Vaticano II lo ha subrayado con palabras muy claras: «Al ser más rápidos los medios de comunicación, se ha acortado en cierto modo la distancia entre los hombres y todos los habitantes del mundo [...]. La acción caritativa puede y debe abarcar hoy a todos los hombres y todas sus necesidades»[24].

Benedicto XVI
Deus caritas est

sábado, 21 de agosto de 2010

La interrelación con las tres realidades: Ser persona, cristiano y la vocación

Hay muchas maneras de ser persona. El encuentro con Jesucristo a través de la Iglesia nos hace comprender toda nuestra vida de manera nueva. Jesús vino a ayudarnos a ser personas. Ser cristiano es vivir la vocación cristiana según el estilo de Jesús. Vivir en comunión con Jesucristo es valorar el mundo como Él, con sus actitudes, sus gestos, sus valores; es amar como Él amó. Todos los cristianos, no sólo los sacerdotes, religiosos y religiosas, están llamados a ser santos y a vivir al servicio de los demás. Ser cristiano es un don del Espíritu Santo y es una tarea de toda vida cristiana. La Vocación es un llamado de Dios dirigido a una persona, que invita a una respuesta personal.

Hoy en día no es raro que el hombre viva negando su propia identidad, porque muchas veces se aliena y despersonaliza, reduciendo su vida a una sola dimensión de su ser. Nos creemos nuestro cuerpo, endiosamos nuestros sentimientos y emociones, vivimos aferrados a nuestros pensamientos y proyectos con dogmatismo y cerrazón o huimos de todo cuestionamiento a través de nuestras máscaras y roles.

El ser humano se olvida que es persona, ser para el encuentro, creado por Dios, a su imagen y semejanza, para participar de la naturaleza divina. Dios, el Ser y Amor por excelencia, nos creó para que seamos felices. La vida cristiana no es ni aburrida, ni triste. Cuando es llevada auténticamente es todo lo contrario, es una vida llena de alegría, de amor, de fe y de esperanza.

Si quiero responder a mi propia identidad es clave preguntarme si conozco al Señor, si vivo como Él y además si conozco mi vocación particular, si he descubierto para qué he sido creado. Dios me ha hecho para algo, me creó con una misión particular dentro del gran llamado a la vida cristiana. En la medida que sea persona, cristiano y despliegue mi vocación particular voy a plenificar mi existencia y cooperando con la gracia podré ganar el Reino de los Cielos.


El hombre ha sido llamado a la existencia para trascender como persona en un dialogo propio de aceptación y de cooperación con todos los llamados a la existencia (vocación humana); así mismo, es convocado en un proyecto de crecimiento en el amor mediante el llamado a la fe en Cristo Jesús (vocación cristiana), y se expresa de forma concreta y específica por la participación en la misión y vida de la Iglesia, para construcción del Reino de Dios (vocación específica).

PARA REFLEXIONAR, DIALOGAR Y ORAR

¿Qué sentimientos y reflexiones provocan en mí esta descripción del ser persona?

¿Qué dimensiones estoy potenciando más en mi vida y cuáles estoy descuidando?

¿Qué actitudes y valores humanos abren más a la trascendencia, ponen más "de cara- a Dios, son —en lenguaje cristiano— más profundamente evangélicos? ¿Cómo las estoy trabajando?

Fuentes: http://www.vocacion.com, http://www.iglesia.cl

sábado, 14 de agosto de 2010

Las cuatro ruedas del Carro Paulino vividas unitariamente.

El Carro Paulino es el método formativo propuesto por el beato Santiago Alberione para la familia Paulina. Alberione con esta imagen ofrece una comparación entre las posibilidades del ser humano con un vehículo de cuatro ruedas –equilibradas – hacen mover y dan sentido a la maquina.

Estas cuatro ruedas que activan y mueven al ser humano en su totalidad son: oración, estudio, apostolado y pobreza. Todas estas dimensiones vocacionales de la vida cristianas, cuya vivencia de manera unitaria llevan al ser humano a alcanzar la plenitud.

Estas “ruedas” deben constituir el eje de las actitudes del ser humano, y deben ser el punto central al momento de confrontación con la Palabra, durante el examen de conciencia y con el director espiritual. Los cuatro elementos como actuando a modo de “alineación y balanceo” para que el vehiculo sea confiable, estable, seguro, es decir, para que se desarrolle e plenitud la persona a través de la vivencia del mandamiento del amor.

Santidad (Vida de oración): Momento en cual nos confrontamos y transformamos a semejanza de Cristo, a quien seguimos. “La oración debe comprometer toda nuestra jornada y todo nuestro ser” (Pr PM, 1960)

Estudio: Vivir una actitud que nos permita aprender de todo, no por un deseo desordenado de aprender, sino como vía para alcanzar a Dios. Un aprendizaje que nos lleve a concebir “la mente de Cristo”. Es preciso una mete “puesta al día”, reflexiva, profunda, que examina todo y se queda con lo bueno, absteniéndose de todo mal.

Pobreza: Alberione descubre en la pobreza un potencial de crecimiento y transformación en Cristo: Se está contento, se posee la dicha cuando se llega al despojo total, a la perfección de la pobreza. “Feliz quien puede decir en el ocaso de su vida “Jesús solo!”(RA 12, 1957).

Apostolado: Una dimensión que es inherente a todo cristiano quien es misionero, testigo o apóstol. Esta dimensión que se refiere al trabajo, apunta de forma incisiva sobre una vida que transparenta lo que vive. A través del apostolado, Dios continúa creando y redimiendo al mundo.

Esta rueda (Apostolado) exterioriza la eficacia del estudio, de la oración y la pobreza. Es la “antena transmisora” que comunica al mundo los valores que la persona ha asumido y vive – o busca vivir – en plenitud. Esta rueda permite vivir unitariamente las dimensiones del Carro Paulino.

En la práctica, el “carro” que somos cada uno está dotado de libertad personal y debemos colaborar con Cristo (restaurador del carro) si queremos recuperar y vivir la unidad de nuestro ser, para llegar a ser “el hombre integro en Cristo”.

Fuente:
El carro paulino. Juan M Galaviz H SSP.
Alguien como tú. Verónica De Souza, fsp.

viernes, 6 de agosto de 2010

La Cristificación.

Misterio de nuestra transfiguración por cristificación.

Mirada al rostro de Cristo, escucha de la palabra, cristificación.

Si nos colocamos en la cumbre del Monte Tabor, tres aspectos integrantes del "misterio de luz" se proyectan sobre nosotros:

Mirada al rostro de Cristo en actitud contemplativa. Quien no lo contempla no lo ama profundamente. De ahí derivaremos el cultivo de la dimensión contemplativa de toda nuestra vida, gracia, trabajo, servicio, amor...

Apertura de oído para ‘escuchar’ la Palabra. Si no purificamos nuestros sentimientos y sentidos externos e internos, cultivando el “hombre interior”, nunca pasaremos de escucharnos a nosotros mismos, y jamás llegaremos a transfigurarnos.

La “transfiguración” se dará en nosotros solamente si somos fieles a Cristo, si vamos pisando sobre sus huellas y le permitimos que vaya haciéndose único Señor de nuestra vida, repitiendo con obras y palabras: ¡Transfigúranos, Señor, transfigúranos, con tu poder y gracia!

Junto a la oración, la adoración eucarística debería convertirse en una práctica cotidiana y prolongada. Cuántas, cuántas cosas maduran bajo el Sol eucarístico. Y si se broncea la piel por exposición a los rayos del sol astronómico, ¿cuál proceso de crecimiento, de “cristificación” sucederá estando bajo los rayos del Sol eucarístico? La vocación nace, crece, se desarrolla, se mantiene fiel y fecunda, sólo en la intensa relación con Cristo.

Aquí tenemos que hacer énfasis en la herencia carismática que nos donó nuestro fundador el Beato Santiago Alberione: “Ustedes han nacido de la Eucaristía” (AD 15).

Fuente: www.dominicos.org

lunes, 2 de agosto de 2010

sábado, 31 de julio de 2010

Espiritualidad misionera de san Pablo

Vivir el misterio de Cristo «enviado»

La espiritualidad misionera es la comunión íntima con Cristo: no se puede comprender y vivir la misión si no es con referencia a Cristo, en cuanto enviado a evangelizar. Pablo describe sus actitudes: «Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz» (Flp 2,5-8).

Al misionero se le pide «renunciar a sí mismo y a todo lo que tuvo hasta entonces y a hacerse todo para todos». A esto se orienta la espiritualidad del misionero: «Me hice débil con los débiles... Me hice todo para todos, para ganar por lo menos a algunos, a cualquier precio. Y todo esto, por amor a la Buena Noticia» (1ª Cor 9,22-23).

Amar a la Iglesia y a los hombres como Jesús los ha amado

El misionero es el hombre de la caridad. Lo mismo que Cristo, él debe amar a la Iglesia: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella» (Ef 5,25). Este amor, hasta dar la vida, es para el misionero un punto de referencia. Sólo un amor profundo por la Iglesia puede sostener el celo del misionero; su preocupación cotidiana —como dice san Pablo— es «el cuidado de todas las Iglesias» (2ª Cor 11,28). Para todo misionero y toda comunidad «la fidelidad a Cristo no puede separarse de la fidelidad a la Iglesia».

No sólo transmite Pablo las palabras de Cristo, sino que afirma que es Cristo mismo quien habla en él (2 Cor. 13,3). Quien afirma: «vivo, no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal.2,20), dice también «habla Cristo en mí». Hay tal identificación entre Cristo y su enviado, que ya no son dos, sino una sola cosa. El evangelizador es como un sacramento de Cristo. En él y a través de él es Dios mismo quien exhorta (2 Cor. 5,20).

De este modo, el Evangelio que Pablo predica no es sólo palabras, sino Palabra hecha carne y vida; el anunciar ese Evangelio hecho realidad; él mismo se había convertido en Evangelio, en Palabra; dejando vivir a Cristo en sí mismo (Gal. 2,20), podía presentarse a sí mismo como modelo y ejemplo de una existencia auténticamente cristiana y evangélica.

Fuente: http://cartapalabrayespada.blogspot.com/

sábado, 24 de julio de 2010

La Iglesia, la “novia” de Cristo.

Una gran importancia tuvo en la vida y en la actividad del apóstol Pablo la comunidad cristiana de Corinto, Pablo fundó esa comunidad y permaneció en ella durante año y medio, haciendo crecer rápidamente la fe cristiana entre la gente oprimida y desesperanzada, entre los numerosos esclavos que había en la ciudad.

La actividad apostólica, la que Pablo defiende con tanta energia en los tres ultimos capitulos de la segunda carta a Cirintios, va totalmente en beneficio de la Iglesia. El tono literario agitado que mueve a Pablo a expresar toda la verdad tal como la siente nos ofrece visiones interesantes sobre el ideal de Iglesia que desea.

Pablo reacciona en términos enérgicos, porque sus adversarios han tocado a su comunidad. Es el amor a ésta lo que le obliga a hablar así: "Tengo celos divinos de vosotros, porque os he desposado con un solo marido, os he presentado a Cristo como una virgen pura" (2Cor 11,2).

Pone su amor a la comunidad al nivel del de Dios. Movido por este amor celoso, Pablo quiere que la comunidad corresponda a las exigencias de Cristo, como una virgen pura a la del hombre que ama. A lo largo de su exposición, Pablo precisa esta imagen de forma más concreta: "Poneos vosotros mismos a prueba. ¿No reconocéis que Jesucristo está en vosotros?" (2Cor 13,5).

La comunidad tiene que hacer transparente, en toda su conducta, la presencia de Cristo, a quien ella pertenece por completo.

¿De que manera contribuyo para que esto sea posible en mi comunidad?

Fuente: www.mercaba.org

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Estudiante de Lic. en Administración de Empresas en la Mención de Informática de la UNESR. Lider del departamento de Atención al Cliente de Tecnología Cima 24, CA. Amante de las carreras, la natación y el Mar.