sábado, 3 de abril de 2010

La Pascua de Jesús...

Un acontecimiento
que trasciende la vida y la transforma...

El camino de la Cuaresma a la Pascua puede interpretarse como un itinerario de la oscuridad a la luz, un paso de la vista física a la facultad de ver desde el interior.

A lo largo de los Evangelios de la Pascua, se contempla a un Jesús Resucitado que trae la luz y da un nuevo sentido a la oscuridad, enseña a mirar y a ver con unos ojos nuevos. Durante el tiempo de cuaresma vimos al Jesús triunfal y arrasador, el héroe que vence a la naturaleza y consigue que pazcan juntos el león y el ternero.

Al llegar la Pascua, aquel Jesús capaz de transformar lo físico muere, es el fin del mesianismo. El Jesús pascual ya no va a untar más con barro los ojos de ningún ciego. No va a limar ni a cubrir nuestras carencias ni limitaciones. Hay otras cegueras, mucho más profundas, que son susceptibles de ser transformadas por la fuerza de la Resurrección.

Cuando los discípulos encuentran a Jesús, ya resucitado, de camino hacia Emaús: estando su alma oscurecida de alguna manera para no poder entender lo que ven, no lo reconocen. Es entonces cuando Jesús, que ha asistido al ciego del camino, vuelve a obrar el milagro. No se trata ahora de devolver una luz física, de abrir unos ojos humanos con tierra y saliva. Se trata de otros ojos, y de otra luz.

Jesús es la luz que vive en la noche. La luz principio y fin, la del alfa y la omega, la que transciende la capacidad intelectual humana, la luz que no es visible ni razonable, ni tangible, ni creíble. La luz de la fe, que ilumina cómo y dónde quiere, una luz que cura, evoca, hiere e inspira.

La ceguera de Tomás es la ceguera de los que aplican análisis racionales a las obras del amor, pero también la de los que piden ver con los ojos porque no logran comprender con la razón. Tomás y los discípulos reconocen a Jesús cuando se pone en el centro y les desea la paz. Entonces lo ven, porque saben interpretar que el que trae la Paz no puede ser más que Él.

Es el final del camino del creer sin ver que le Pide Jesús a Tomás. El creer con fe oscura. Sin pruebas, ni vista física, ni reconocimiento, tan solo con el asentimiento del la fe, iluminada con el amor. La noche, entonces, es el lugar de encuentro, el lugar de la vida y la redención, el lugar de la Pascua y también lugar donde se realiza la Resurrección.

La Pascua finalmente es la certeza de que hay un camino hacia la luz. No el camino ingenuo que creían seguir los apóstoles, subiendo con Jesús a Jerusalén por última vez, cuando buscaban éxito y grandeza y se encontraron con el desprecio, el dolor y la muerte. La Pascua es una ardua luz que surge en medio de la noche para dar fe de que existe la esperanza. Luz en los ojos que invita a reconocer a Jesús, a seguirlo, a buscarlo, a no avergonzarse de él. Luz que ayuda a encontrar sus ojos en los nuestros, grabados en nuestro interior, incluso cuando pensamos que dentro ya no hay más que vacío.

Fuente: http://www.stjteresianas.pcn.net/

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Estudiante de Lic. en Administración de Empresas en la Mención de Informática de la UNESR. Lider del departamento de Atención al Cliente de Tecnología Cima 24, CA. Amante de las carreras, la natación y el Mar.