sábado, 25 de diciembre de 2010

«Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5)

Queridas hermanas y jóvenes en formación,

Las “cuatro estrellas”, que han iluminado nuestro camino de Adviento, se posan idealmente ante la gruta de Belén, donde se cumple el misterio que contemplamos cada año. «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5).

Este Hijo, que los cielos no pueden contener (san Agustín), la Palabra eterna del Padre, viene a nosotras en el signo de la fragilidad y se entrega a la pobreza de nuestra condición humana. ¿Existe algo más grande de un Dios que se hace estrechar en los brazos como un hijo? ¿Existe un desafío más exaltante del de ofrecer al Verbo de Dios nuestra misma vida, para que él viva en nosotras y para que nosotras mismas podamos vivir en Él?

Navidad, es entonces “memorial” de nuestro ingreso en el misterio de la encarnación; es la celebración del nacimiento de Cristo en nosotras:

Hacer el pesebre es una grande y bella obra de piedad, pero ante todo, el pesebre ha de ser hecho en nosotros: debe nacer en nosotros el Hijo de Dios, encarnado en nuestros corazones, en nuestras mentes, en todo nuestro ser (FSP53, p. 370).

Si Cristo nace en nosotras, el fuego de la misión se expande. Si Cristo vive en nosotras nos contagia de su mismo amor por la humanidad, nos transformamos en comunicadoras eficaces de una Buena Noticia, que libera de todas las esclavitudes; nos hace compañeras de camino de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, testigos de esperanza aún en las tinieblas del absurdo.
Hermanas, en la noche de Navidad y en el paso de este año, herido por violencias de todo tipo, guerras, martirios, calamidades naturales, desigualdades sociales, precariedad espiritual… permanezcamos ante la “cátedra” del Pesebre, para aprender la lección del amor y así, en el ejercicio cotidiano del apostolado, recorrer el camino de una santidad auténtica y atrayente, tal como nos invita nuestro Fundador:

Entrar espiritualmente en la gruta de Belén, allí donde Jesús da las primeras lecciones, lecciones de po-breza extrema y lecciones de amor: ¿quién es y qué es lo que atrajo al Hijo de Dios sobre la tierra, a vestirse de carne humana y habitar con los hombres? El amor…¿Qué quiere Jesús? Dos cosas: la gloria de Dios, es decir la gloria del Padre, y luego la santidad, la salvación de los hombres, con la condición que haya buena voluntad… Pedir esto: tener una voluntad firme, es decir, tener en nosotros el pensamiento dominante: santificación y apostolado… Cuando hay un ideal de santidad, cuando queremos ponernos todos en Jesucristo, vivir en él, vivit vero in me Christus, cuando uno quiere imitarlo, ponerse a su escuela y servirlo, entonces esta voluntad es bendecida por el Señor. Si nosotras pedimos muchas cosas, pero no pedimos esta voluntad, no pedimos la gracia propia del Pesebre (1961).

María nos obtenga esta gracia de santidad y reavive la esperanza del corazón en la espera de Aquel que sigue viniendo en medio a nosotros. Dios viene a visitar nuestra vida y nuestras comunidades. Acojámoslo con alegría.

Feliz Navidad y Feliz Año nuevo. Con afecto,
Sor Maria Antonieta Bruscato
superiora general

sábado, 18 de diciembre de 2010

ADVIENTO. La estrella del misterio

El cuarto domingo de Adviento, a un paso de Navidad, nos hace cruzar la puerta del misterio que envuelve la vida de José, el esposo de María. José, descendiente de David, está llamado a asumir la paternidad de un bambino del cual no es padre. Pero ¿cómo es posible? ¿Qué significa este nacimiento misterioso para un justo de Israel? El resultado de la justicia de José ¿será la lapidación de la esposa infiel? (cf. Dt 22,22-26). José es justo, pero con una connotación mucho más amplia que la del “fiel ejecutor de la Ley”. Es justo porque, contemplando la presencia activa de Dios en los eventos de la historia, tiene la valentía de ponerse aparte, hasta que María sea libre de decir sí a Dios. Él obedece a todo lo que es fruto del Espíritu en María, dejando que Dios continúe siendo el Padre capaz de llamar “a la existencia las cosas que no son” (Rom 4,17), tal como ocurrió al inicio del mundo: “En el principio Dios creó … ” (Gen 1,1).

Dios crea pasando a través del seno de una mujer y del corazón de un hombre que tiene la tarea de dar el nombre. “Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús” (Mt 1,21). José debe dar al niño aquel nombre que Dios ha elegido para él.
“Dar el nombre elegido por Dios” hace de José un padre. Es padre quien ama tanto a Dios de hacerse voz e instrumento de Dios para las personas confiadas a él. José, hijo de David, ha nacido para decir al mundo que Dios se llama Jesús y que Jesús quiere decir ”amor que salva”. Este nombre es lo que nos queda de José. “Jesús es la única palabra implícita dicha por él en los Evangelios, el resto es silencio absoluto. La verdad de José se encierra en un “nombre que está por encima de todo nombre (Flp 2,9), anunciado por los profetas (cf. Is 7,14), dado por los apóstoles: «No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, ¡camina!» (Hch 3,6). En Jesús, Dios se trasforma en Emmanuel: “el Dios con nosotros” que se hace presente y nos salva en cada lugar del espacio y en cada hora del tiempo.

Oración

Padre Santo, Dios con nosotros,
que has pedido al humilde José
de la familia de David
de abrir al mundo
la puerta de Tu Misterio,
concede a cada hombre que nace
la Luz del Niño llamado Jesús. Amén.

sábado, 11 de diciembre de 2010

ADVIENTO. La estrella de la duda

Hemos encontrado a Juan en el desierto y en las orillas del río Jordán con su predicación de fuego (cf. Mt 3,11), pero la liturgia del tercer domingo de Adviento nos invita a poner la mirada sobre “otro” Juan. Después de la extensión del desierto y de la fluidez del río, Juan el Bautista se encuentra en la cárcel, en la oscuridad de una celda. Su voz de trueno y profética se convierte en el murmullo de una pregunta. “¿Eres tú el que debe venir o debemos esperar a otro?” (Mt 11,3). Ahora en cadenas, el Bautista se encuentra oprimido por una gran duda: ¡el temor de haberse equivocado!

De hecho, el Señor Jesús no corresponde a la imagen fogosa anunciada por él. “Las obras de Cristo” (Mt 11,2) cuyo eco le llega en la cárcel, están marcadas por la lógica de un Reino que viene no como “una horquilla" (Mt 3,12) para separar al viento la semilla de la paja en el granero. En lo que dice y hace Jesús se revela como luz de los ciegos, camino de los que llegan cojeando y sanan de lo que sufren, como palabra de los mudos, como esperanza de los que la han perdido y como vida de los que ni siquiera saben ya lo que significa.

Juan continúa siendo profeta hasta el final, teniendo el oído atento a lo que ocurre fuera de las rejas que lo tienen prisionero, para meditar y comprender el modo de actuar de Dios. No teme su duda; todo lo contrario, deja que a Jesús mismo le lleguen las preguntas que lo atormentan. Su soledad no es ya la del silencioso desierto, es la que nace del miedo de perder las seguridades conquistadas a caro precio. La grandeza del precursor se esconde justo en este pasaje oscuro de su existencia. Sabe esperar la respuesta que busca... Demuestra absoluta obediencia al amado Maestro porque no arriesga conclusiones propias, sino que envía humildemente a alguno que está libre de hacerlo, para pedir en su lugar la verdad sobre Jesús: “¿Eres tú?”. La respuesta del Mesías aclara sobre Dios y sobre la identidad de quien pone la pregunta: “¡Es más que un profeta!”. En otras palabras, Jesús anima a Juan a dar testimonio hasta las más extremas consecuencias.

Oración


Ven, Señor Jesús, visita nuestras cárceles,
allí donde nadie viene a buscarnos,
allí donde las preguntas no encuentran respuesta
y la duda de habernos equivocado nos desalienta.
En memoria viva de Juan, tu mensajero y profeta,
danos la gracia de avanzar
en el camino hacia ti con aquella confianza
que va más allá de las seguridades humanas. Amén.

sábado, 4 de diciembre de 2010

ADVIENTO. La esterella de la eleción

El Adviento se caracteriza por “presencias” luminosas que como faros en la noche indican el camino hacia Aquel que viene. En el segundo domingo encontramos la voz de Juan el Bautista, el testigo de la Luz. Una voz decidida, convencida y profunda, portadora de un anuncio profético que habla al corazón con el tono de urgencia: “¡Prepárense a un gran evento! El Cielo se ha acercado a la tierra, el Reino del amor ha abierto sus puertas. Dios mismo ha elegido revelar a los hombres la belleza de su rostro, mandando como Rey a su único Hijo”. Juan, conduciéndonos más allá del imperio de turno, nos invita a acoger la lógica misteriosa de un Rey que se hace siervo de todos, pobre, manso, humilde y misericordioso. “¡Conviértanse, porque está llegando el Reino de los cielos!” (Mt 3,2). Es la invitación más seria del Evangelio. Todos estamos llamados a elegir o con Él o contra Él. El Adviento es el tiempo oportuno para meditar sobre nuestras opciones cotidianas y sobre cuanto éstas sean o no propias del Reino de los cielos. Pero vivir según el Evangelio del Reino, es imposible hacerlo sólo con nuestras fuerzas humanas. Por esto el Precursor nos manda preparar el camino al Señor, nos lleva al desierto, lugar de renacimiento.

El desierto purifica el corazón, haciéndolo capaz de escucha. Una escucha que abre a la experiencia de Dios y a la novedad del Espíritu. Pero, podemos preguntarnos ¿por qué en el desierto? En el desierto el hombre aprende a dialogar con Dios, aprende a pedir la liberación de su autosuficiencia, aprende a orar. En la oración Dios se acerca y con amor nos revela nuestra identidad real.

Juan anuncia la más grande verdad de la historia: no es el hombre quien se ha acercado a Dios, sino que es Dios, que en Jesús se ha hecho eternamente cercano al hombre.

Oración

Señor Jesús,
danos la valentía y la radicalidad
de Juan el Bautista a fin que,
purificados por del silencio del desierto,
podamos llegar a ser capaces
de escuchar la única Palabra
que hace profeta del Reino
por los caminos del mundo. Amén.

sábado, 27 de noviembre de 2010

ADVIENTO. La estrella de la vigilia

El mismo significado de la palabra adviento (del latín adventus = llegada, venida) nos da la perspectiva justa en la que todo cristiano está llamado a vivir.

De hecho, toda la Sagrada Escritura nos habla de las continuas venidas de Dios en la historia de los hombres. Venidas que en Jesús de Nazaret encuentran su pleno cumplimiento. Dios, en Jesús se hace eternamente peregrino por los caminos del mundo para seguir golpeando en la puerta de nuestro corazón. Pero “para nosotros” ¿quién es aquel que “viene”? (en greco el verbo venir está en presente y no en futuro).

La respuesta sincera a estas preguntas nos dará las coordinadas precisas del camino ante Dios y los hermanos. El adviento es un tiempo de búsqueda, de atención y de discernimiento. Si Aquel que viene es esperado solamente como aquel que nos protege, que resuelve nuestros problemas, que nos pone al seguro de las dificultades, de los sufrimientos, de la fatiga del creer, de las exigencias verdaderas del amor y del perdón, entonces el adviento será vacío de su sentido más verdadero.

El evangelista Mateo con el imperativo “Estén atentos” (en greco “sigan estando preparados”) del capítulo 24 nos lleva directamente a la pasión del Señor Jesús. Pero ¿por qué? ¿No estamos yendo hacia la Navidad? Tiempo de nacimiento, de fiesta, de alegría, de regalos? ¡Cierto! ¡En efecto! Estamos llamados a la alegría más profunda porque Aquel que viene es el Señor Jesús, que ha nacido un día en “Belén” (en hebraico casa del pan), ha aprendido a partir el pan de su vida pagando sobre la cruz del rechazo y del odio la suma más alta del amor. Jesús se ha preparado toda la vida para “estar pronto” a abrir definitivamente al mundo la puerta al Dios que viene.

Fuente: www.paoline.org

sábado, 20 de noviembre de 2010

María, primicia de Salvación

LA PRESENCIA DE LA VIRGEN MARÍA

La Virgen María precede cronológicamente a Cristo. Ella culmina el adviento de la humanidad y anuncia la aurora de la salvación. Es la Estrella del mar que guía y conduce a Cristo, que atrae irresistiblemente hacia Él, hacia la Iglesia, hacia los Sacramentos, hacia el bien, hacia la santidad.

EL PLAN DE SALVACIÓN


María y el plan de salvación.

Dios quiere que todos los hombres se salven (Tes.4, 3). Es así como Dios Padre, por amor, quiere y decreta la salvación del hombre por medio de Jesucristo, nacido de la Virgen-Madre por obra del Espíritu Santo. "Al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de mujer... para redimir… para que recibiéramos la filiación divina" (Ga. 4,4).

Cuando rezamos el Rosario, hacemos memoria de la realización del amor de Dios en Jesucristo, de esta manera contemplamos los principales misterios de nuestra salvación: la Infancia, la Vida pública, la Pasión y Muerte, la Resurrección y Ascensión al Cielo.

María, el plan de salvación y la Iglesia.

María, al engendrar a Cristo, engendra espiritualmente a la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. La Iglesia, que instituyó Cristo, comienza a caminar visiblemente el día de Pentecostés, bajo la presencia de María.

María es tipo y modelo de la Iglesia en la peregrinación hacia la consumación de los tiempos, hacia la Iglesia Celeste. La Asunción de María nos invita a recorrer el camino, nos atrae hacia el Cielo.

NUESTRA RESPUESTA

Nosotros estamos llamados a enmarcar nuestra vida en el plan de salvación para vivir en la Iglesia peregrina y poder alcanzar la Iglesia celeste. Nuestra respuesta ha de ser espiritual y doctrinal por medio de María.

Respuesta espiritual.

Siguiendo la recomendación de María que nos dice: "Haced lo que El os diga" (Jo.3, 4): Él, es Cristo.

Cristo nos llama a la conversión del pecado por el sacramento de la Reconciliación; nos invita a vivir y a perseverar en la vida de gracia, sirviéndonos de los medios que nos ofrece, principalmente de los sacramentos, centrados en la Eucaristía.

Respuesta Doctrinal

Formándonos como cristianos, centrados en latradición de la Iglesia y en el Concilio Vaticano II que proclamó a María, Madre de la Iglesia. Dando espacio a la lectura y escucha de la Palabra de Dios. Leyendo y estudiando el Catecismo de la Iglesia Católica… participando en los medios de formación que la Iglesia nos ofrece.



sábado, 13 de noviembre de 2010

María, primicia de la recapitulación de todas las cosa en Cristo (cf. Ef 1, 10)

María Santísima, entonces, por ser Inmaculada Concepción redimida por Cristo, por ser Madre de Jesús y del Pueblo de Dios, por ser Asunta al cielo y Reina del mundo, simboliza toda la gloria de la Iglesia. Simboliza la victoria definitiva de Jesucristo Nuestro Señor sobre el Dragón. Así queda confirmada la profecía del Génesis en el llamado Protoevangelio: «Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y el suyo: él te pisará la cabeza, mientras acechas tú su calcañar (Gen 3,15)». Así María muestra el camino de la Iglesia y del mundo en el que finalmente Dios será todo en todos (Cf. 1 Cor 15, 28).

María Santísima no permanece de ninguna manera indiferente a la marcha concreta del mundo. Esta humanidad nuestra, de alguna manera, gime con dolores de parto –como dice el libro del Apocalipsis-, incapacitada de salir del camino por donde se ha adentrado sin la ayuda del Único que puede salvarlo.

Tenemos una Madre que está en el cielo y que sigue colaborando en su papel de Corredentora junto a su Hijo, por la salvación del mundo. Ella lo hace con su corazón de Madre, de Mujer, viviendo de alguna manera misteriosa en sí misma, el dolor que tantos hombres padecen en nuestro tiempo. Ella no es ajena a nada de lo que nos sucede.

Ella está junto a nosotros con un amor como ninguno otro. María Santísima, nuestra Madre, Asunta al Cielo se ocupa de nuestra suerte, de todas nuestras cosas, y sobre todo de nuestra salvación eterna.
La esperanza del pueblo cristiano ha de estar puesta en la regeneración del mundo, en el tiempo de la consolación y de la restauración universal, de la recapitulación de todas las cosas en Cristo (Ef 1, 10).

Esta redención ya se ha operado en María Santísima. Mirándola a Ella asunta en cuerpo y alma tenemos el modelo de nuestra propia salvación y la del mundo entero. Mirándola a Ella podemos desechar toda solución social, cultural y política que quiera construir la sociedad actual sobre principios que ponen al hombre en lugar de Dios y contra Dios, cerradas absolutamente al horizonte grandioso de la Revelación cristiana y de la fe católica. Al mismo tiempo, mirándola a ella podemos tener una esperanza cierta en lo que Dios quiere obrar en cada uno de nosotros y en el mundo entero, si sinceramente nos sometemos a su soberanía, y abrimos «de par en par las puertas a Cristo».

Autor: P. Petrus Paulus Mariae Silva

sábado, 6 de noviembre de 2010

Perdónanos como perdonamos

El perdón es el medio para reparar lo que está roto. Coge nuestro corazón roto y lo repara. Coge nuestro corazón atrapado y lo libera. Coge nuestro corazón manchado por la vergüenza y la culpa y lo devuelve a su estado inmaculado.

El perdón restablece en nuestro corazón la inocencia que conocimos en otro tiempo, una inocencia que nos permite la libertad de amar.

Perdonar no es justificar comportamientos negativos o improcedentes sean propios o ajenos. El maltrato, la violencia, la agresión y la deshonestidad son algunos de los comportamientos que pueden ser totalmente inaceptables.

El motivo más obvio para perdonar es liberarnos de los efectos debilitadores de la rabia y el rencor crónicos. Al parecer estas dos emociones son las que más convierten el perdón en un desafío, a la vez que en una grata posibilidad para quien desee una paz mayor.

De hecho la palabra resentimiento, viene de re-sentir – es decir – volver a sentir intensamente una y otra vez. Cuando estamos resentidos, sentimos con intensidad el dolor del pasado una y otra vez. Esto –sin duda- no sólo tiene un efecto lamentable en nuestro bienestar emocional, sino también repercute negativamente en nuestro bienestar físico.

El perdón es muchas cosas: es una decisión, una actitud, un proceso y una forma de vida. Es algo que ofrecemos a otras personas y algo que aceptamos para nosotros.

"Confiésense uno a otros su pecados y oren por otros para ser sanados" (Stg 5, 16)

sábado, 30 de octubre de 2010

Llamados a ser canales de bendición

Hay personas que son sumamente generosas, comparten sus bienes y su tiempo. Dedican mucho tiempo trabajando para Dios en las parroquias, en obras de caridad y de evangelización, etc. Pero hay otras que viven sólo para sí mismas, se pasan el día fregando sus veredas y deambulando por sus casas, vacíos y desorientados, centrados en su egoísmo, en lugar de salir al encuentro de personas necesitadas, a trabajar para la evangelización.

Estamos llamados a ser bendición para los demás. Dios llega a cada uno de nosotros a través de alguien, somos canales de bendición los unos para los otros. Si prestamos atención podremos constatar que desde el vientre de nuestra madre, nuestros padres y otras personas fueron instrumentos de Dios en nuestra vida, alguien gastó su vida por nosotros y nosotros hemos sido instrumentos, hemos gastado o lo estamos haciendo en favor de otros.

Cuando nos cerramos en nuestro egoísmo, pretendiendo salvar, ahorrar, salvaguardar nuestra vida, dejando de poner nuestros dones y carismas a disposición, alguien se verá privado de las gracias que Dios quiere derramar, y corremos el riesgo de perder la salvación.

Un hombre cuenta haber visto en la calle a una niñita temblando de frió con un vestidito ligero, con poca esperanza de encontrar abrigo o una comida decente. Enojado le dijo a Dios: "¿Por qué permites esto? ¿Por qué no haces algo para remediar esto?" Por un rato Dios no dijo nada, pero luego Dios respondió diciendo: "Ya hice algo para remediarlo... Te hice a Ti."

Muchas veces culpamos a Dios por todas las cosas que pasan, y le recriminamos que permite que pasen, y no pensamos que Dios

Fuente: http://www.rcc-argentina.com.ar

sábado, 23 de octubre de 2010

Orientaciones para leer la Biblia mediante la «Lectio divina»

1) Ambientar la lectura
La lectura del texto ha de ir precedida de un breve silencio o de una oración para pedir al Señor que nos abra el entendimiento y el corazón para acoger obedientemente su Palabra.
Los textos deben leerse despacio y sin prisas.

2) Leer el texto en su contexto
La primera pregunta que debe guiar nuestra lectura es: ¿Qué experiencia de fe aparece recogida en este texto? Para ello podemos acudir a recursos muy sencillos:

• Informarnos sobre aquella época: utilizar mapas, ambientar los textos históricamente con ayuda de introducciones, comentarios.
• Recordar siempre que la Biblia es una palabra encarnada y que en ella hay que distinguir entre el mensaje perenne y lo que era propio sólo de aquella cultura (matanzas, violencia, discriminación de la mujer...). El mejor criterio para saber esto es leer todos los textos desde el mensaje y la vida de Jesús, que es el centro y la clave para leer toda la Biblia.

3) Leer para entender la vida
Después de esta primera lectura del texto es necesario exponer nuestra vida a la interpelación del mensaje que hemos descubierto. Esto supone:


• Tener una mirada penetrante sobre las cosas que pasan a nuestro alrededor: estar atentos a las cosas que nos pasan a nosotros y a la gente que nos rodea, a los signos de cada época.
• Estar dispuestos a dejarnos interpelar por el texto y por el mensaje que se nos desvela.

4) Lectura orante
La Biblia debe ser leída en el espíritu con el que ha sido escrita, en un clima de oración. A través de ella Dios nos habla, y para escucharle tenemos que estar en la misma sintonía.
• Abrir sinceramente el corazón para acoger lo que Dios nos dice a través de su Palabra.
• Responder a Dios a través de la súplica, la acción de gracias... completando así el diálogo que él mismo comienza.

5) Lectura comunitaria
Es muy importante que la lectura personal se complemente con la comunitaria. En la lectura comunitaria se ponen en juego los diversos carismas y sensibilidades para descubrir con más plenitud el mensaje de la Palabra de Dios, porque las diversas aportaciones hechas desde diversas experiencias de vida desvelan la riqueza de la

6) Lectura comprometida
La lectura de la Biblia tiene como meta la vida. Cuando nos acercamos a leer la Biblia, llevamos nuestra vida y la vida de quienes nos rodean. Al descubrir su mensaje y dejarnos interpelar por él, descubrimos que la Palabra de Dios nos ofrece un impulso para la vida, un camino de conversión. Normalmente, cuando nuestra lectura de la Biblia no desemboca en el compromiso, cada vez nos resulta más difícil de entender lo que leemos.

sábado, 16 de octubre de 2010

La voz del pueblo es la voz de Dios


Un pueblo con cultura de valores es la voz de Dios cuando se levanta para gritar.


“La voz del pueblo es la voz de Dios”. (Alcuino, monje anglosajón)

Esta frase es verdadera cuando el pueblo está cultivado en los valores de la vida. Si no está cultivado, puede armar mucho jaleo, tumultos, gritos y, entonces, su voz es la expresión de la muchedumbre, “chusma”, y de quienes les halagan en sus manifestaciones. Ahora bien, un pueblo con cultura de valores es la voz de Dios cuando se levanta para gritar, como por ejemplo, para protestar contra la ley del aborto del parlamento.

No puede haber autoridad humana que dictamine, por ley, la muerte de los niños en el vientre de sus madres. Ni tú ni yo estaríamos aquí ahora si nuestra madre, por capricho y por darse de “progre”, nos hubiera matado. ¿Qué vale más: la vida o la muerte?

Los partidos políticos están en el parlamento con sus parlamentarios para defender los derechos de la persona. Y el niño de tres meses, aunque no haya nacido todavía a la luz de este mundo, es persona. Como lo eres tú ahora.

ORACIÓN: Dios, autor de la vida. No permitas que nuestro país, por intereses de algunas mujeres y algunos hombres sin consideración, aprueben una ley que va contra la humanidad y tus designios sobre ella.

Mételes en su conciencia de que serán responsables, a pesar del aire de su malentendido “progresismo”, de la muerte de muchos niños inocentes. Haz que desaparezca el tráfico de fetos abortados para las empresas de cosmética. Su voz no es la del pueblo. Es la de sus malas entrañas.

Autor: P. Felipe Santos SDB

sábado, 9 de octubre de 2010

Historia de mi vocación: Hna. Simona Rosario

Mi historia vocacional es la historia de amor entre Dios y yo. En mi propia historia descubrí como Ama Dios. Saberme profundamente amada por Él despertó en mí grandes deseos de conocerlo más y más; de pasar más tiempo con Él; de entablar intimidad con Él. Poco a poco Él fue ganando terreno en mí, y fue conquistando mi corazón.

Él empezó a cuestionar mis comodidades, así yo iba descubriendo insatisfacciones en mi interior. Nada de lo que tenía, ni de lo que había alcanzado me parecía lo suficiente. Yo quería más. Y ese más no lo encontraba en las cosas, en las personas. A nivel material tenía lo que me había propuesto y un poco más; superficialmente podía decir que lo tenía todo. Sin embargo me falta “un no se qué” que era importante para mi felicidad. Fue así que descubrí que sólo en Dios se podían colmar mis ansias de infinito. En la donación total de mi ser, en la actitud de servicio y de plena disponibilidad.

También, Él puso en mi corazón el cómo y el dónde. Viviéndolo para comunicarlo, como el Camino, la Verdad y la Vida, a través de los medios de comunicación social, particularmente dentro de la congregación de las Hijas de San Pablo (Paulinas). No fue que Él envió un Arcángel para que me lo comunicara, sin embargo, experimentaba una gran serenidad en mi corazón con respecto a esto que me hacía reconocerlo como el deseo de Dios en mí.

El seguimiento de Jesús no es fácil, pero, así son las cosas valiosas. Sin embargo, su Gracia viene siempre en ayuda de nuestra debilidad. Lo importante es decirle que sí, como María y como tantos otros, muy a pesar de nuestros miedos, mejor dicho, con todos nuestros miedos. Pues Él es más grande que todos nuestros límites.

Este periodo de mayor intimidad con el Maestro me ha conducido a la certeza de que Él siempre acompañara y dirigirá hacia sí, mis pasos. Sueño con pertenecerle totalmente. Y con que en mí se realice la segunda Encarnación del Verbo, como hace mucho tiempo lo vivió María. Por mis propias fuerzas es imposible, pero cuento con su gracia que se manifiesta con total plenitud en mi debilidad.

Simona Rosario, Novicia de las Hijas de San Pablo.
Primera Profesión Religiosa: Domingo 10 de octubre 2010 a las 3.00pm.

Parroquia: San Antonio en Río Piedras – Puerto Rico.

sábado, 2 de octubre de 2010

Mi sentido de Iglesia y misión

Es importante reflexionar y comprender cuál es la misión de la Iglesia y cuál es nuestra propia misión en la Iglesia, así como comprender cómo realizarla en y desde la Iglesia. Como referencias, tenemos lo que Jesús mismo nos ha dicho sobre la Iglesia y sobre nuestra misión; lo que la Iglesia misma ha dicho sobre su misión en el mundo; y lo que nosotros mismos sentimos respecto de nuestra propia misión (cf. misión y respuesta del apóstol: Mt 28, 19).

LAS TAREAS QUE COMPRENDE ESTA MISION SON (RM 18c):

1. El anuncio de Jesucristo y su Evangelio (RM 12a y 20a).

2. La formación y maduración de comunidades eclesiales (RM 26b y 20c).

3. La promoción humana y la encarnación de los valores evangélicos (RM 43 b y 20d).

Nuestro llamado es a vivir la comunión y participación en los diversos niveles eclesiales:

- Dentro del cuerpo somos partes; dentro del pueblo de Dios somos miembros; dentro del Templo de Dios somos piedras vivas; dentro de la Familia Eclesial somos hijos; dentro de la Iglesia tenemos el derecho-deber de evangelizar a todas las gentes.

- La misión de la Iglesia y nuestra propia misión se fundamentan en la comunión y participación de la Verdad, el Amor y la Vida de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

- Recibimos nuestra misión en la Iglesia, la cumplimos en comunión y participación de Iglesia y desde ella vamos como enviados a evangelizar a todas las gentes en el mundo entero.

    La misión es la que renueva nuestra identidad cristiana, nos devuelve nuestro entusiasmo, nos ayuda a superar las dificultades en nuestra comunidad y nos hace participar en la salvación de Jesucristo (RM 2).

Nuestra principal perspectiva de vida y servicio es realizar la propia misión en y desde comunidades eclesiales vivas, dinámicas y misioneras, y en nuestro caso particular como consagradas Paulinas, desde nuestro “púlpito”, las librerías, nuestros centros de difusión, y a través de todos los medios de comunicación más rápidos y eficaces.

Fuente: PONTIFICIUM OPUS A SANCTA INFANTIA

sábado, 25 de septiembre de 2010

Recreando el mundo a través del trabajo

El trabajo es un derecho y un deber y toda forma de trabajo merece respeto.

Por ello, si el trabajo es don, debe ser aceptado como venido de Dios, que nos invita a colaborar con El, mediante nuestras fuerzas físicas y cualidades psicológicas, a participar en la obra de la Creación y cooperar en la Redención de Cristo.

Por medio del trabajo estamos recreando el mundo, colaborando en la creación de Dios, ya que ésta no ha terminado. Mediante nuestro trabajo contribuimos al desarrollo de los hombres y los pueblos. Dentro de la vocación del laico franciscano, el mundo laboral es de primordial importancia para cumplir nuestro compromiso temporal. El lugar del franciscano seglar en el trabajo es una llamada a construir un bien común, es ayudar al progreso integral de los hombres y los pueblos.

Es también una llamada a humanizar el mundo laboral, para quien lo realiza en condiciones de explotación o injusticia. Como franciscanos seglares no podemos permitir los abusos y las condiciones inhumanas en las que hoy todavía trabajan muchos hombres. De ahí la importancia de unir nuestras fuerzas con las de otros hombres que aún, no pensando como nosotros, trabajan desde la honradez por crear esas condiciones de dignidad para todos.

Es también parte de nuestra acción, procurar trabajo a quienes carecen de este derecho. En una sociedad donde el paro azota a muchas personas, nuestro apoyo, nuestra aportación y nuestro esfuerzo, deben dedicarse a paliar este mal de nuestro tiempo.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Historia de mi vocación: Hna. Maury Ibarra

Jamás había pensado en la posibilidad de que como mujer me podía realizar siendo religiosa. Tenía 27 años, finalizaba mi carrera universitaria, Contaduría Pública, cuando Jesús me tomó por sorpresa.

Asistía a la catequesis de Confirmación, con todos mis hermanos (somos 4 en total, 3 damas y un caballero) y cuando nos presentaron a nuestras futuras catequistas, 4 novicias del San José de Tarbes, yo llegue a preguntarme cuando las vi ¿Qué pasa por la cabeza de una mujer para castrar su vida de ese modo? Nada más lejano de la verdad. La presencia de las hermanas comenzó a cuestionarme sobre el sentido de mi vida y lo que quería hacer con ella, o mejor que quería Dios que yo hiciera.

No fue fácil aceptar que Dios me pedía un compromiso más radical en mi vida; que no sólo debía participar en la parroquia, ser catequista, asistir a misa y comulgar casi a diario. Dios me pedía la donación total de mi vida en servicio a mis hermanos, lo que contrastaba fuertemente con mis deseos y sueños: formar una familia, una hija, un apartamento, carro, viajes, etc, etc, etc. Pero Dios cuando te llama no se deja ganar en generosidad, y si tú en disponibilidad le respondes si, te entrega una maleta donde está todo lo necesario para caminar en su seguimiento.

En mi búsqueda vocacional me ayudaron muchas personas, ángeles que Dios puso en mi camino para mostrarme lo que Él deseaba para mí. Conocí a las hnas Paulinas en junio de 1998, participe en un retiro vocacional con ellas en agosto y sentí que era allí donde el Señor me quería: evangelizar con los medios de comunicación, usar dichos medios para el bien de las personas.

Inicié la etapa de aspirantado en enero de 1999. El 15 de marzo del 2003 hice mi primera profesión, y el 18 de septiembre del 2010 serán mis votos perpetuos, diré si a Dios de forma definitiva. Me siento muy feliz, comprendo que Dios desde entes de nacer te entrega una misión para realizar en el mundo, y que cada uno se puede realizar como persona, buscando concretizar aquello a lo que es llamado a ser desde la eternidad.

Hna Maury Ibarra, hsp

sábado, 11 de septiembre de 2010

Ser para los demás, ser para el mundo

Quien comienza a amar desde la vida, se siente impulsado a realizar la justicia y la paz, a escuchar y ser para los demás, a entregarse hasta el extremo, conscientes de que la vida que se ha transfigurado y hasta desfigurad si hiciera falta en el amor, no se acaba nunca sino que dándola es como se encuentra. Quien comienza a amar desde la vida ha comenzado a transitar por la Pascua, ha comenzado a resucitar aunque a fuerza de vivir y amar en mayúscula arrastre, como Cristo resucitado las arrastró, las heridas y llagas.

Ser cristiano significa pasar del «ser para sí mismo» al «ser para los demás».

Jesús, siempre pendiente de la voluntad del Padre, es a la vez el buen
pastor que da su vida por las ovejas, que se santifica y se entrega por todas. No se reserva nada. Es un ser-para-los-demás. Jesús está clavado en la cruz. Bien alto, para verle bien. Con los pies clavados para esperarnos. Con los brazos abiertos para acogernos a todos.

Ser cristiano significa pasar del «ser para sí mismo» al «ser para los demás». «La fe cristiana solicita al indivino, pero no para sí mismo, sino para el todo. Por eso la palabra para es la auténtica ley fundamental de la existencia cristiana» (Ratzinger). El Buen Samaritano no se pregunta ¿Qué me sucederá, en qué líos me enredaré si me entretengo en atender al herido? Sino que piensa: ¿Qué le sucederá al herido si no me paro a recogerlo?

Aceptar la vocación cristiana laical o religiosa es salir de sí mismo, acercarse a Cristo, para abrirse como Él a los demás. El seguimiento de la cruz no es una devoción privada, para dulces arrobos interiores. Es seguir las huellas del Crucificado, salir de sí mismo, crucificar el propio yo, existir para los otros. «Hay que salvarse juntos. Hay que llegar juntos a la casa de Dios. No vayamos a encontrarnos con Dios estando los unos separados de otros. Hay que pensar un poco en los otros, hay que trabajar un poco por los otros. ¿Qué nos diría Dios si llegásemos hasta Él los unos sin los otros?» (Péguy).

Las grandes figuras de la historia de la salvación han vivido «el principio para». Abrahán, saliendo de su tierra; Moisés, dirigiendo el éxodo... Ofrecerse y darse. Morir para vivir. Como el grano de trigo, que si no muere permanece solo, pero si muere da mucho fruto. «Quien ama su vida la pierde, pero el que la aborrece en este mundo la guardará para la vida eterna» (Jn 12, 25).

Ser de Dios es ser para Dios, y por Dios, es ser para los demás y de los d emás. Es darse hasta desgastarse. Es dar la vida a chorros. Es no tener tiempo ni para comer, porque el celo de la casa de Dios te devora. Es no dormir si es necesario por estar con El. Es ser un peregrino porque hasta que vuelvas a Dios ningún sitio es tu casa. Es vagar por los caminos buscando a los perdidos, confundidos, heridos, caídos, porque eso es lo que Dios hace. Es salir a los márgenes de la historia para llevar una palabra de ánimo, de ternura, de esperanza. Es saber que nunca estamos solos, porque Él nos acompaña hasta en nuestros infiernos.

sábado, 4 de septiembre de 2010

El desafío de las jóvenes generaciones

El Papa Benedicto XVI pidió hoy a los participantes del Tercer Congreso Latinoamericano de Jóvenes, que se celebrará próximamente en la ciudad de Los Teques, Venezuela, 'poner sus ojos en Jesucristo, el Hijo de Dios vivo'.
El lema del congreso es "Caminemos con Jesús para dar Vida a nuestros pueblos”.
Dentro de los objetivos del congreso podemos ver cuales son los desafíos enfrentan los jóvenes de esta generación dentro de la iglesia:

El compromiso de dar vida, caminar con Jesús, convertirse en auténticos discípulos de Jesucristo, viviendo en todo momento los valores del Evangelio, para poder así trasmitirlos con valentía a los que los rodean.

  • Encontrarse con Jesucristo vivo, desde la experiencia del discipulado misionero y la espiritualidad de comunión.
  • Comprender, desde el aporte de las ciencias humanas y sociales, con la mirada del Buen Pastor, las diferentes situaciones y expresiones juveniles.

  • Profundizar en la vocación de discípulos misioneros de Jesucristo, como elemento esencial en el proyecto de vida de los y las jóvenes, para que se comprometan como protagonistas en la renovación de la iglesia y la sociedad.
Las jóvenes generaciones precisan salir al encuentro de Jesús en el hermano que está cerca, pero también en el que está lejos; poniendo la mirada atenta y profunda en sus vidas, sus luchas y sus sueños; para descubrir nuevas formas de respuesta a los anhelos de nuestro continente.

Las nuevas generaciones de nuestro continente son la esperanza de América Latina y el Caribe, la utopía realizable de una sociedad diferente y renovada.

Anímate y CAMINEMOS CON JESÚS PARA DAR VIDA A NUESTROS PUEBLOS.

sábado, 28 de agosto de 2010

EL AMOR CRISTIANO. “Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4, 16)

El amor al prójimo enraizado en el amor a Dios es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial, y esto en todas sus dimensiones: desde la comunidad local a la Iglesia particular, hasta abarcar a la Iglesia universal en su totalidad. También la Iglesia en cuanto comunidad ha de poner en práctica el amor.

El Espíritu es la fuerza que transforma el corazón de la Comunidad eclesial para que sea en el mundo testigo del amor del Padre, que quiere hacer de la humanidad, en su Hijo, una sola familia. Toda la actividad de la Iglesia es una expresión de un amor que busca el bien integral del ser humano: busca su evangelización mediante la Palabra y los Sacramentos, empresa tantas veces heroica en su realización histórica; y busca su promoción en los diversos ámbitos de la actividad humana. Por tanto, el amor es el servicio que presta la Iglesia para atender constantemente los sufrimientos y las necesidades, incluso materiales, de los hombres.

La «comunión» (koinonia): consiste precisamente en que los creyentes tienen todo en común y en que, entre ellos, ya no hay diferencia entre ricos y pobres (cf. también Hch 4, 32-37).

La Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario. Pero, al mismo tiempo, la caritas-agapé supera los confines de la Iglesia; la parábola del buen Samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento y muestra la universalidad del amor que se dirige hacia el necesitado encontrado «casualmente» (cf. Lc 10, 31), quienquiera que sea. No obstante, quedando a salvo la universalidad del amor, también se da la exigencia específicamente eclesial de que, precisamente en la Iglesia misma como familia, ninguno de sus miembros sufra por encontrarse en necesidad. En este sentido, siguen teniendo valor las palabras de la Carta a los Gálatas: «Mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe» (6, 10).

Los medios de comunicación de masas han “empequeñecido” nuestro planeta, acercando rápidamente a hombres y culturas muy diferentes. Si bien este «estar juntos» suscita a veces incomprensiones y tensiones, el hecho de que ahora se conozcan de manera mucho más inmediata las necesidades de los hombres es también una llamada sobre todo a compartir situaciones y dificultades. Vemos cada día lo mucho que se sufre en el mundo a causa de tantas formas de miseria material o espiritual, no obstante los grandes progresos en el campo de la ciencia y de la técnica. Así pues, el momento actual requiere una nueva disponibilidad para socorrer al prójimo necesitado. El Concilio Vaticano II lo ha subrayado con palabras muy claras: «Al ser más rápidos los medios de comunicación, se ha acortado en cierto modo la distancia entre los hombres y todos los habitantes del mundo [...]. La acción caritativa puede y debe abarcar hoy a todos los hombres y todas sus necesidades»[24].

Benedicto XVI
Deus caritas est

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Estudiante de Lic. en Administración de Empresas en la Mención de Informática de la UNESR. Lider del departamento de Atención al Cliente de Tecnología Cima 24, CA. Amante de las carreras, la natación y el Mar.